RATONES DE HANGAR

Para la Discusión, Divulgación y Conservación del Patrimonio Histórico Aeronáutico Uruguayo e Internacional en Poder de Nuestro País
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MensajePublicado: 28 Jun 2016 17:48 
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*** Las aventuras de dios***

- Te llaman por teléfono de Estudios Darwin – dijo mi esposa.
_ ¿ ¡De donde ¡ ¿ Le pregunté yo , sin entender de que me hablaba. …Y sin sospechar ni remotamente todos los riesgos y los trastornos que vendrían atrás de esa llamada.
Fue hace años, una fría mañana de la primavera del 2000, pero me acuerdo perfectamente que cuando ese día sonó el teléfono de mi casa yo estaba atareado intentando lograr que el estúpido y terco regulador de voltaje de mi recién restaurado Cadillac 47 Serie 62 convertible, se convenciera de que debía darle paso libre a la corriente de 6 volts que generaba el dínamo del auto, hacia la batería.
Yo había luchado bastante contra esa obstinación, y había intentado casi todas las maniobras técnicas aprendidas en el pasado sobre electricidad automotriz.
El malvado aparatito era casi nuevo, no tenía defectos visibles o medibles, y sin embargo funcionaba de a ratos si, y de a ratos nada.
Algo irritado a causa de mi incapacidad para resolver lo del regulador y por la inoportuna interrupción, apagué el motor del Cadillac y subí a atender la llamada.
La chica que me hablaba posiblemente notó en el tono de mi voz que yo no estaba muy feliz de oír lo que ella tenia para decirme. Me pidió disculpas por la molestia, y dijo que de inmediato me comunicaba con “el productor”. En el teléfono se escuchaban ruidos de martillado y alguien gritaba pidiendo que le sirvieran un café bien caliente.
Yo no tenía idea de quien era el tal “Darwin” ni que tendría que ver conmigo alguien que parecía identificarse como un “productor”.
- “ ¿ Señor Arioni, usted es el dueño de un antiguo Cadillac convertible blanco que estuvo en venta el verano pasado en la Barra de Maldonado frente al Hotel Chiberta ¿ - Preguntó una voz joven de hombre, con un inconfundible acento porteño.
Con muy escaso entusiasmo contesté que sí, que yo tenía un Cadillac 47 convertible, y por si cuadraba, añadí que el auto seguía estando en venta.
El hombre se identificó como uno de los “productores“ involucrados en la filmación de un largometraje que dirigía el argentino Eliseo Subiela . Hubo un breve silencio y el que me hablaba preguntó, como dudando-¿Usted sabe quien es Subiela? – Quizás desconfiando de mi habilidad para entender el idioma español y hasta de mi capacidad intelectual.
Si, yo sabía. Había visto un par de películas del tal Subiela, pero seguía sin entender que tenía yo que ver con un “productor”, con un largometraje y con Subiela. Mi mente estaba aún en lo del maldito regulador de voltaje. No estaba de humor para atender a un jovencito desconocido, con marcado acento porteño, y menos de perder tiempo sosteniendo por teléfono una charla sobre cine argentino de dudosa categoría.
-¿Su auto está en buenas condiciones de funcionamiento ¿ - Volvió a preguntar el porteño.
¡No, el regulador de voltaje de mi Cadillac es una mierda, y no logro hacerlo funcionar media hora seguida ¡ pensé yo . Pero por las dudas callé sobre lo que opinaba en ese momento de mi Cadillac y su maldito sistema eléctrico. En cambio, controlando mi irritación y con el más amable de los tonos que pude encontrar en ese momento, respondí. –
- ¡Si, el Cadillac es un 47 y está restaurado. Todo le funciona muy bien, excepto la bomba hidráulica de la capota, que ya le estaba faltando cuando lo compré y que pienso conseguirla pronto, en un negocio de repuestos antiguos, de la avenida Warnes, en Buenos Aires! – Una pequeña mentira inocente que no parecía ser cosa seria en aquel momento
Oí que el porteño hablaba con alguien que estaba cerca de el - “Dice que el auto anda bien “ . Y otra voz que le contestaba. “Pedile la dirección y decíle que esta noche vamos a ir a verlo”.
Con el “productor”, que era el joven que me había llamado, combinamos una visita a mi casa para esa misma noche. El joven me informó que ellos necesitaban alquilar un convertible americano antiguo para filmar unas escenas de la película que estaban produciendo. Que si el auto era un Cadillac convertible, les parecía perfecto, porque justo eso era lo que figuraba en el libreto.
Un amigo de uno de ellos había visto mi auto en enero, estacionado en La Barra de Maldonado y les había dicho que se trataba de un “clásico”, en perfecto estado, pero ellos no confiaban demasiado en esa versión y querían verlo con sus propios ojos.
Estaban dispuestos a pagar bien, y en dólares por el alquiler. Pensaban en varios días de filmación en Montevideo y en Buenos Aires. Se harían cargo de todos los gastos de movilizar al Cadillac,…. y al dueño del Cadillac.
Yo había invertido demasiado dinero a lo largo de los varios meses de trabajo que había insumido la reconstrucción del convertible y necesitaba venderlo, pero aquello de un alquiler “interesante“, por pocos días no me parecía nada mal. Enseguida empecé a hacer cálculos de cuantos dólares por día les podía “extraer” a los muchachos argentinos……

El Cadillac blanco estaba inmaculadamente limpio y brillaba , estacionado directamente bajo la luz de mercurio del farol callejero frente a mi casa. Lucía elegante y magnífico. El laqueado marfil de la carrocería y los abundantes cromados, más el rojo oscuro del tapizado daban una impresión de lujo hollywoodense.
El Director Eliseo Subiela, bajó del taxi que los había transportado hasta allí y apenas ver mi Cadillac, exclamó con entusiasmo, dirigiéndose a los dos jóvenes que lo acompañaban – “ ¡Este es el auto de Valerí ¡-
Yo que por supuesto, ignoraba quien era el tal Valerí, y que los estaba esperando, sentado en el murito del jardín delantero de mi casa , me apresuré a corregirlo.
- No lo creo, señor Subiela, hace años que lo compré y me consta que el dueño anterior no se llamaba Valerí, era el famoso arquitecto Vásquez Barriere –
Subiela se rió y mientras caminaba alrededor del auto observándolo atentamente, me explicó que Valerí era la protagonista del film. Que el mismo había escrito el libreto para la película y que cuando imaginaba las escenas que quería filmar con la protagonista en su lujoso auto, siempre había tenido en mente un gran Cadillac convertible blanco de fines de los años 40. Un clásico convertible, al estilo de los que a menudo se veían en las comedias dramáticas producidas en Hollywood de la post guerra

Todo anduvo bien. Subiela estaba apurado por regresar a Buenos Aires y no quería perder tiempo. Acordamos que yo les alquilaba el auto por día de filmación y me encargaba personalmente de presentarlo a la hora y en el lugar que ellos lo pidieran. Los gastos de combustible corrían por cuenta de la producción y yo cobraba el alquiler, por semana y en dólares, al precio convenido.

Unos pocos días después me llamaron para anunciarme que iban a comenzar a filmar las escenas que discurrían en las “locaciones“ de Montevideo .
Aprendí que los lugares donde se filmaba eran “locaciones” y que era importantísimo que todo estuviera siempre listo parta filmar, a las nueve de la mañana, para que la luz fuera la mejor posible.
El primer día de filmación estaba planificado que fuera en el Hotel Carrasco.
Los “productores“ habían conseguido permiso de la Intendencia de Montevideo para filmar en los jardines y en el interior del Hotel , que en esa época estaba clausurado .
“A la hora señalada”, estacioné el Cadillac en la calle de circunvalación del Hotel, del lado opuesto a la playa.

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Adentro, en uno de los salones que antaño era el lugar de recepción para los huéspedes del Hotel, los “productores” habían instalado una gran mesa de caballetes, cubierta por un larguísimo mantel blanco. Sobre la mesa había numerosas bandejas colmadas de sándwiches mixtos, olímpicos, doradas medias lunas dulces rellenas de queso y jamón, masas de confitería y cantidades “industriales“ de tostadas recién hechas. Todo rodeado de potes con diferentes mermeladas, miel, dulce de leche, quesitos picados y barras de mantequilla. Grandes jarras térmicas con leche, café y agua caliente para el té.
Me explicaron que esa “exageración” era el desayuno acostumbrado para todos los que participaban en el trabajo de filmación.
- “ Servíte lo que gustes. Después del desayuno no paramos mientras haya buena luz para filmar.”- me dijo uno de los jóvenes que estaban a cargo de la “logística”.
Yo había desayunado antes de salir de mi casa, pero dejé a un lado la timidez y las buenas maneras y colaboré seriamente con los cineastas que estaban ocupados en alivianar la carga de la mesa.
Me informaron que en principio iban a filmar afuera, alrededor del Cadillac, en el mismo punto donde yo lo había estacionado. Yo estaba libre de hacer lo que quisiera por lo menos hasta el mediodía. No me iban a necesitar hasta que fuera necesario mover el auto.

Nunca había estado en el Hotel Carrasco. Sentía mucha curiosidad por recorrer el interior de ese tradicional edificio montevideano. Anduve “merodeando“ por toda la planta baja, que estaba prácticamente vacía de mobiliario y en un avanzado estado de deterioro.
Lo único que quedaba a la vista de la instalación original del Hotel, era un enorme mostrador de talladas maderas oscuras, todas rayadas y rajadas. Pesado como un obelisco egipcio. Mas un enorme reloj carillón de pié, en estado lamentable. La caja de madera y cristales del reloj, totalmente comida por la polilla, había perdido una de sus cuatro bases de apoyo, y todo el reloj se inclinaba a un lado, amenazando derrumbarse sobre el polvoriento parquet del corredor, donde lo habían “arrumbado”.
La madera y los cristales que encerraban la esfera y la caja del péndulo, sucios de tierra y rotosos. Por supuesto que aquellos “trastos” se habían salvado del “pillaje” en mérito a su aspecto ruinoso y a su peso. .
Subí por tenebrosas escaleras y exploré los pisos superiores, paseando por laberínticos, interminables, oscuros y mugrientos corredores circulares, a los que daban infinidad de puertas antiguas de las habitaciones de huéspedes.
Algunas de esas altísimas puertas estaban abiertas y dejaban entrar algo de luz a través de las ventanas de las habitaciones con vidrios y postigones rotos, que se abrían a la Rambla y a la circunvalación enjardinada. Todo el lugar parecía parte de la escenografía de una película de terror, o tal vez, de haber sido en el pasado, el escenario de una batalla encarnizada.
Montones de restos inclasificables, basuras y partes de muebles rotos, acumulados en todos los rincones. Revoques, molduras de yeso, pinturas, herrajes, accesorios eléctricos y pisos de madera arruinados. En los baños; “muñones” de las conexiones de los artefactos sanitarios arrancados de las paredes que en el pasado estuvieron prolijamente embaldosadas. Todo lucía como si hubiera sido minuciosamente vandalizado.
Una perfecta escenografía al estilo de “Los últimos días de Leningrado “ o de “ Crimen en el Gran Hotel “ . Solo faltaban los cadáveres y los rastros de sangre.

En cuanto logré volver a orientarme en aquel laberinto de corredores y ubicar las escaleras, huí cobardemente de la posible acechanza de eventuales vampiros y recuerdos de Anthony Perkins en el papel de Norman Bates, y regresé a donde se filmaba la verdadera película. A la limpia y sana luz del sol primaveral.

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Durante varios días se filmó en el Hotel. Yo iba temprano hasta Carrasco, estacionaba el Cadillac, desayunaba “groseramente” y me aburría mucho, observando como los actores y los técnicos repetían seis o siete veces la misma escena, hasta que Subiela se daba por conforme.
El Cadillac, a pesar de su regulador de voltaje neurótico, continuaba funcionando con el apoyo nocturno de mi cargador, que en unas horas “alimentaba” de suficiente energía a la batería de 6 volts, para que el auto pudiera cumplir con su labor de la jornada. En esos tiempos no era obligatorio circular con luces encendidas…. ¡ y al uso del arranque yo lo tenía restringido para lo absolutamente imprescindible!
También se filmó en la Rambla de Punta Gorda, en el Pinar, en la ruta 8 pasando Pando y en la vieja Ruta 1, más allá de los accesos a Montevideo.

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….Pero las verdaderas aventuras del “Clásico Cadillac 47 “, y su clásico propietario, en realidad comenzaron cuando ambos debimos viajar embarcados en el Ferry , para filmar escenas en una locación ubicada en las cercanías de Villa Lugano. Provincia de Buenos Aires.
Provisto por los “Estudios Darwin” de pasajes y dinero para los posibles gastos, una mañana de sábado nos embarcamos en el Luciano Federico de Buquebus rumbo a Buenos Aires.
Previendo que en “el extranjero” , mi Cadillac y yo podríamos tener dificultades con el “caprichoso incorregible”, del regulador de voltaje , yo había improvisado un sistema alternativo muy poco ortodoxo , pero eficaz , para recargar la batería.
Un simple cable y un switch común instalado bajo el tablero de instrumentos conectaban directamente al dínamo con la batería. Mi sistema “ alternativo“ estaba ideado para saltearse al regulador de voltaje, cuando este accesorio emocionalmente inestable, estuviera “de paro “..
Cuando yo conectara el switch, toda la electricidad que era capaz de producir el robusto dínamo de 6 volts del Cadillac, pasaría a la batería. Claro que ese “puente” casero, era algo riesgoso para el propio dínamo.
Tendría que ser empleado con el motor del auto girando a bajas RPM y durante un tiempo limitado. De lo contrario arriesgaba fundir cualquiera de los bobinados del dínamo …o peor aún, hacer hervir los vasos de la batería con la sobrecarga generada por el dínamo cargando al tope de sus capacidades.

Cuando el ferry arribó a la Dársena norte, yo no estaba pensando en posibles problemas eléctricos. Había convenido con “La producción “ que alguien me esperaría en el Puerto para guiarme hacia el lugar donde me aguardaban para filmar.
Bajamos del buque y los demás pasajeros con sus autos, se fueron marchando. Todos menos nosotros, los dos “clásicos”.
Nadie nos estaba esperando.
En el muelle al que había atracado el Luciano Federico estábamos solos, el Cadillac y yo.
Afortunadamente había tenido la precaución de anotar un teléfono para comunicarme con mis “empleadores” en caso de emergencia….Pero en el año 2000 los celulares eran unos objetos extraños que recién se estaban empezando a ver en el cine.
Sábado a mediodía .En la desierta Dársena Norte no se veía ni un teléfono monedero.
Providencialmente apareció un taxímetro que circulaba vacío. Lo detuve para preguntarle donde podía encontrar un teléfono y le expliqué mi situación. El “tachero“ me sonrió, y mirando con ojos de admiración hacia mi auto, me alcanzó el primer celular que tuve entre mis manos.
Una llamada a la Escuela de Cine de Subiela, y media hora más tarde apareció el encargado de ir a buscarme, que se había demorado almorzando, confiado en el atraso usual del Ferry que venía de Montevideo.
Mi guía era un jovencito de apenas diez y siete años. No conocía el camino a Villa Lugano, pero tenía consigo un gran mapa de la Provincia. Nos pusimos en marcha y con algunas dificultades, circulamos por varios kilómetros de autopistas. Cruzamos por arriba y por debajo de viaductos. Nos detuvimos por lo menos en veinte semáforos. Retrocedimos y avanzamos. Doblamos y paramos a preguntar. El mapa se plegaba y se desplegaba. Por suerte el Cadillac había decidido portarse bien y el odioso regulador de voltaje dejaba pasar 10 sanos amperios de corriente rumbo a la batería.
Finalmente, luego de casi una hora de travesía llegamos a Villa Lugano.
Toda la “ producción“ , los actores y el Director estaban nerviosísimos creyendo que nos habíamos extraviado y no llegaríamos con tiempo para filmar con luz suficiente en esa tarde . Se correría la última escena para “Las aventuras de dios”. Quedaban apenas dos horas de luz, para poder filmar en exteriores.
La acción de la escena ocurría en una esquina de cierta calle del barrio de Villa Lugano, frente a una parada del Pre Metro . El Cadillac con la capota baja, estacionado, con su “ dueña” la protagonista “ Valerí” al volante y el misterioso joven con el que ella ansiosamente esperaba encontrarse, llegando a pié, por una calle lateral.
Se filmó nada más que cuatro veces, Subiela se dio por conforme y se despidió subiendo a uno de los autos y saludando con un brazo en alto, hacia donde estábamos los “técnicos”.
Los de la producción se apresuraron a recoger todos los equipos de filmación y a cargarlo todo en dos camionetas que habían estado estacionadas a la vuelta de la esquina.
Todo el mundo subió a los vehículos y rápidamente se fueron retirando. Yo esperaba que mi “guía” u otro de los de la producción me acompañara de regreso al centro. Cuando fue evidente que eso no iba a ocurrir, apenas atiné a interceptar a una de las camionetas para preguntarle a conductor como hacer para regresar al centro donde debía abordar el Ferry de las ocho, en el que tenía pasaje para viajar a Montevideo.
El conductor que estaba notoriamente apurado, apenas si me alcanzó a aconsejar que tratara de salir de ese lugar, antes que me agarrara la noche.
- “A este sitio le dicen Fuerte Apache. De noche te afanan las ruedas con el auto en marcha. Borráte yá. Agarrá a la derecha por esa autopista que ves allá en la próxima cuadra y cuando llegués al primer viaducto preguntá por donde te conviene seguir”- Sin más, puso primera y aceleró .

Volví a donde el Cadillac había quedado estacionado. Le subí la capota, porque ya estaba refrescando bastante y soplaba un molesto viento del este. Lo pues en marcha, y haciendo 180º sin llegar ni a la esquina, yo también aceleré rumbo a la autopista.
Unos minutos después, circulando por la ancha avenida casi desierta, advertí alarmado que el maldito regulador de voltaje otra vez había desertado. La aguja del amperímetro del tablero marcaba casi diez amperios de descarga.
Ya se había ocultado el sol y pronto iba a tener que encender luces. Un rato antes, cuando todavía estaban filmando, me habían pedido un par de veces que cambiara de posición al auto y me había costado bastante hacer arrancar el motor. Con esos arranques había consumido mucha carga de la batería y por precaución, resolví acudir al mi ingenioso sistema “alternativo” de emergencia voltaica”.

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Conecté el switch “auxiliar” y de inmediato la aguja del amperímetro pegó un salto en la escala hasta los 30 amperios de carga. El “disyuntor” artesanal funcionaba perfectamente, pero 30 Amperios y quien sabe cuantos voltios, era mucho para el sistema eléctrico del Cadillac.
Reduje el acelerador hasta bajar la velocidad a unos conservadores 45 kilómetros por hora. . El amperímetro acompañó el descenso de RPM del motor, bajando a menos de veinte amperios de carga. La muy “clásica“ Hydramatic, colaborando, se portó bien y no rebajó de cambio.
En “Drive”, engranada en la marcha de “crucero”. Con el V 8 poco más que moderando con ese gratificante rum- rum- , rum tan especial de los grandes motores antiguos en V de bajas RPM.
Aflojé la tensión y me dispuse a disfrutar del paseo a través del desconocido paisaje de la Provincia de Buenos Aires.
La autopista atravesaba una barriada de casas improvisadas. Uno de esos asentamientos que los porteños llamaban “villas miseria”. A ambos lados de la ruta, ranchos de latas apiñados. Techos de maderas y pedazos de carrocerías de autos. Zonas de terrenos pelados, montecitos de transparentes y baldíos cubiertos de matorrales, y acumulación de basuras diversas.
Los escasos autos que circulaban en el mismo sentido, me pasaban “ zumbando” a más del doble de la velocidad “dominguera” a la que yo me veía obligado a llevar al Cadillac, para que el dínamo no se me fuera a incendiar…..

De pronto, el interior del convertible comenzó a oler a perro sucio mojado, o a quemadero de basuras y noté que salía algo de humo de abajo del tablero de instrumentos.
Mi primera reacción fue parar para ver que se estaba quemando…pero lo pensé mejor y resolví que ese no era sitio para detenerme. Un despistado extranjero, solo, y con un ostentoso auto de colección iba a ser una tentación demasiado grande para los “chicos malos” del barrio.
Abrí la ventanilla para que se fuera el humo y para sacar la cabeza buscando respirar aire fresco. Inmediatamente me vino a la memoria el lejano día en que como cadete del último año de la EMA y apenas comenzando con mi carrera de piloto me vi obligado a aterrizar con un AT-6 al que se le había “pinchado” una manguera de líquido hidráulico a presión. El chorro de aceite liviano rojo que justo iba a caer sobre el ardiente colector de escapes y el espeso humo acre que llenaba la carlinga del avión ….
¡Cuarenta años después y una vez más sin poder parar para ver de solucionar el daño y respirando gases tóxicos, con la cabeza afuera del auto y los ojos irritados por el humo!
El humo que aumentaba en cantidad y en hedor!! .
Noté que la aguja del amperímetro bailaba, oscilando rápidamente, de 0 a 20 amperios de descarga. De inmediato puse en off al swich, intentando solucionar el problema, pero todo siguió igual, …o mejor dicho, empeoró.
Al olor a trapos quemados se le sumó un fuerte “aroma” a plástico recalentado y el humo que venía de abajo del tablero se volvió cada vez mas oscuro.
A todo eso, y avanzando al mínimo de velocidad que admitía la caja de cambios automática sin llegar a rebajar un cambio, ya había dejado atrás la zona mas “alarmante” de la autopista y circulaba por un barrio de edificios bajos y casitas de material con aspecto prolijo y tranquilizante. Me atreví a detener el auto y tratar de averiguar que era lo que ocurría.
No me podía arriesgar a apagar el motor. Tenía serias dudas de poder volver a encenderlo, y estaba conciente de que faltaba bastante para llegar a la Dársena donde debía embarcarme, menos de una hora más tarde.
Agachado sobre el pavimento, con la puerta izquierda abierta, mirando bajo el tablero, pude ver que el problema del incendio venía de que el cable que yo había instalado para conectar directamente al dínamo sin pasar por el regulador, se había “pelado”, rozando contra un reborde de la chapa en el agujero del piso de la carrocería por el que lo había enhebrado, hacia el compartimiento del motor. El cable pelado había hecho cortocircuito a masa y había iniciado un pequeño arco de brasa , en el relleno de fibra vegetal aislante del calor , bajo la alfombra de goma que cubría el piso en la zona del pedal de freno..
Como pude, y quemándome los dedos con el forro de plástico derretido, di un fuerte tirón y arranqué el cable. Con un trozo de baldosa de la vereda, aplasté el grueso fieltro hecho brasas. Esas simples acciones bastaron para eliminar el origen del fuego y terminar con el humo, pero la aguja en descarga del amperímetro me avisó que de allí en adelante solo podía contar con lo aún que restara de los 90 amperios de carga en la batería.

Se estaba haciendo de noche y yo no sabía donde estaba. La autopista había hecho varios giros a derecha y a izquierda. Estaba completamente perdido.
Miré a mi alrededor. No se veía ni gente ni autos ni un comercio abierto..
Unas cuadras antes yo había abandonado la autopista y había doblado hacia el oeste, tomado por una avenida que mi sentido de orientación, un tanto confundido, me había aconsejado. Unas placas de señalización sobre la esquina más próxima, indicaban Avenida Carabobo esquina Bilbao.
Avenida Carabobo no me decía nada. Nunca había pasado por allí ni había oído
de ese lugar. Bobo si que me sentía, por no haber tenido la precaución de cargar con un mapa…
Volví a sentarme en el auto y antes de reiniciar la marcha encendí un cigarrillo con mi fiel Zippo. La llama del encendedor se apagó al cerrar la tapa metálica y en ese momento, cuando ya pasaba de Neutral a Drive, sin saber hacia donde iba a ir , se detuvo junto al Cadillac un soberbio Lincoln Continental convertible de 1949, brillante en su pintura color habano claro. El V 12 del Lincoln moderando bajo el largo capot apenas si se dejaba oír.


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El conductor era un veterano con el pelo totalmente canoso recortado al estilo militar y con un bigotazo blanco en cepillo. Vestía un traje marrón claro a tono con el acabado del Continental. Se inclinó sobre el asiento, delantero, bajó el vidrio de la ventanilla derecha y me habló con un fuerte acento cordobés y una ancha sonrisa amistosa.
-“ ¡ Hermoso Cadillac , mi amigo ¡ ¿ Por casualidad andamos un poco perdidos ….¿ “-
Si. Yo estaba bastante más que un poco perdido.
Le comenté que tenía pasajes reservados para las ocho en el Luciano Federico para regresar a Montevideo y que además de “un poco perdido”, estaba en complicaciones con el sistema eléctrico de mi Cadillac…. Y que su Lincoln también era una belleza…. y que no tenia ni idea de cómo llegar a la calle Viamonte para poder llegar al muelle de Buquebus.
El cordobés del Lincoln sin dudarlo se ofreció para ayudarme. Dijo que lo siguiera a el, que me iba a guiar hasta cruzar Viamonte. Allí me dejaba porque el iba para San Fernando, y si yo tomaba a la derecha y bajaba por Viamonte hasta la costanera, no tendría forma de perderme.
Agregó que unas cuadras más adelante de donde estábamos, íbamos a cortar camino por unos pasajes que el conocía bajo los viaductos de las autopistas, y que por ningún concepto yo fuera a detenerme allí. Era un sitio peligroso.
Había oscurecido y el Lincoln llevaba encendidos los faros de modo que no tuve dificultades para seguirlo. Yo no me arriesgué a encender las luces largas. Apenas si conecté los pequeños faritos de estacionamiento que el Cadillac tenía ocultos atrás de los “ojos de gatos” de los grandes faros rojos traseros y embutidos en los reflectores de los faros de niebla incorporados a la parrilla delantera. Cuatro lamparitas de apenas 5 wats. Tenía que cuidar lo que le quedaba de carga a la batería.
Tomamos por varias calles de barrio y nos internamos en unos tenebrosos pasajes marginados por las gruesas columnas de hormigón que soportaban las estructuras de los viaductos. A los dos lados del estrecho pasadizo pavimentado que se abría entre las columnas, chatarra oxidada de autos viejos arruinados, basurales y varias fogatas rodeadas por hombres malvestidos, de aspecto muy desagradable. Una típica escena de un film policial de la serie negra, protagonizada por marginales alcohólicos y drogadictos.
Un tétrico mundo casi subterráneo a metros de una moderna avenida por la que circulaban velozmente, lujosos Mercedes, BMW, grandes Peugeot 406 y costosos 4 x 4 . Los tipos que se calentaban junto a las fogatas nos miraban pasar con caras de asombro. ! Nunca habrían visto desfilar un “mini Rally” de dos convertibles clásicos restaurados por su sub mundo! Tenía razón el cordobés. No era lugar para detenerse a preguntar que hora era….
Cuando salimos de la zona “roja” bajo los viaductos, el Lincoln aceleró por una avenida que pude llegar a identificar al detenernos por la luz roja de un semáforo. Av.Rivadavia. Estábamos ingresando a zonas algo más conocidas.
Un poco después el Lincoln se detuvo unos metros antes de un cruce de calles y mi “ salvador” me hizo señas de que me le apareara. Me señaló un gran cartel sobre una columna en la esquina. “Viamonte 2700-2602 “.
Me saludo con la mano despidiéndose con su simpática sonrisa y sin esperar que le respondiera, aceleró el V- 12 del Lincoln y se alejó por avenida Puyrredón hacia el oeste.
Yo doblé a la derecha por Viamonte y no tuve otra opción que encender las luces largas del Cadillac. No podía ver mas allá de unos pocos metros.
La calle estaba muy poco iluminada y solo en algunos de los cruces había semáforos. Repentinamente en el cielo oscuro y cubierto que se entreveía por arriba de los edificios destelló un relámpago. Un segundo después el primer trueno hizo vibrar la tensa tela negra de la capota del auto.
Empecé a cruzar la 9 de Julio iluminada por los relámpagos, cuando caían las primeras gotas. Al llegar a la calle Suipacha, del otro lado de la avenida, se vino el diluvio. Los limpiaparabrisas del Cadillac que eran de los originales neumáticos, con más de cincuenta años de desgaste, casi no podían moverse, empujando valientemente contra la catarata de agua que se desplomaba de frente sobre el parabrisas. En segundos la calle Viamonte era un arroyo oscuro que corría en el sentido de la flecha, arrastrando papeles y bolsas de nylon hacia la Costanera. Yo manejaba inclinando la cabeza contra el vidrio, intentando ver algo hacia delante. La luz de los faros se había vuelto amarilla. Evidentemente mi pobre batería se estaba muriendo.
Llegué hasta la Costanera, que estaba bien iluminada con numerosos faroles de mercurio y apagué los faros del Cadillac. La lluvia era torrencial y del lado del Río soplaba un ventarrón cargado de agua que anegaba la calzada.
Afortunadamente no había casi transito por la Costanera cuando sin dar ningún aviso el motor del Cadillac se apagó. Me faltaba una cuadra para acceder a la senda que llevaba al muelle donde estaba amarrado el Luciano Federico con todas sus luces encendidas.
La inercia de la mole de casi dos toneladas del auto lo mantuvo rodando y lo pude dirigir hasta detenernos, casi sin tocar los frenos, justo atrás del último auto de la fila que esperaba para subir a la rampa de acceso a la bodega del buque. Tuve mucha suerte. Nada se interpuso en mi camino.
Llovía intensamente y la batería del Cadillac había muerto. No le había quedado ni la electricidad suficiente para vencer la reactancia de la bobina de encendido.
Cuando la cola de autos empezó a avanzar para ingresar a la rampa, atrás del Cadillac empezaron a sonar las bocinas de los que recién habían llegado y estaban impacientes por entrar a la bodega. Yo no podía hacer nada. Ni soñar con empujar por mis propias fuerzas los 1800 kilos de metal que la GM había, gastado en ese auto..
Me quedé sentado bajo el aguacero, fumando un cigarrillo para tranquilizar los nervios sufridos en aquel interminable viaje fantasmal que me había llevado a atravesar media ciudad de Buenos Aires con un incendio, una falla eléctrica creciente y mi torpe desconocimiento del camino que debía transitar. Esperando que pasara algo que me sacara de esa engorrosa situación. Las bocinas y las maldiciones de los conductores furiosos de atrás, no nos iban a ayudar en nada.
Unos minutos después, corriendo bajo la lluvia apareció uno de los tripulantes del buque, cubierto con una capa de lluvia de hule amarillo, a preguntarme porqué no arrancaba y entraba a la rampa.
Le explique lo que me pasaba y se fue corriendo como había llegado. Las bocinas irritadas de los de atrás seguían sonando.
Dos minutos después vino un tractorcito amarillo, sin techo, con un par de hombres, también amarillos. Uno de los hombres se tiró al suelo inundado, frente al Cadillac. Maniobró con unas cadenas en los trapecios de la suspensión delantera y lo amarró con una barra corta al tractor. El pequeño tractor amarillo, sin mayor esfuerzo remolcó al Cadillac por la subida de la rampa en curva y abordamos al Luciano Federico. Nos detuvimos en la cubierta exterior.
El tractor no podía remolcar al auto en bajada , a la bodega. Yo no podía quedarme dentro de mi auto. El auto tenía que quedar estacionado a la intemperie en esa cubierta metálica lisa y castigada por la lluvia. . Le pondrían tacos de madera frente a las cuatro ruedas. Yo no debía preocuparme. El auto iba a estar seguro.
Cada vez llovía mas fuerte y los relámpagos parecían venir de un gran cartel luminoso con todos los “arrancadores” averiados.

El buque soltó amarras y desde los ventanales traseros de la cubierta de pasajeros pude observar como la lluvia azotaba duro sobre la capota de tela negra y el capot blanco marfil del Cadillac. El pesado convertible se hamacaba sobre sus espirales y elásticos y se balanceaba violentamente, acompañando los bruscos bandazos que daba el buque chocando con el oleaje y zarandeado por el viento. Caían rayos sobre el agua del Río de la Plata.
Yo había asegurado al Cadillac por el tiempo de ese viaje…pero el valor que le había asignado el Banco de Seguros era algo así como quince veces menor que su valor de mercado internacional.
No tuve coraje para seguir mirando como un buen porcentaje de mi modesto capital `peligraba hundirse en las aguas turbulentas del Río. Resolví que como no había nada que yo pudiera hacer para evitar una posible zambullida de mi inversión en las aguas tormentosas, lo mejor era ir a comer algo y confiar en la suerte.
Me moría de hambre.

Llegamos a Montevideo sin que ocurriera ningún accidente. El Luciano Federico atracó a muelle sin problemas pese al mal tiempo que lo sacudió durante todo el trayecto.
Reapareció el tractorcito amarillo y los hombres amarillos, que depositaron al Cadillac sano y salvo en la explanada frente a la terminal de Buquebus.
En Montevideo lloviznaba. Salí del puerto caminando. Tomé un taxi para regresar a mi hogar, dejando el rescate del “clásico“ para la mañana siguiente.
Una batería bien cargada y el auto de un amigo fueron al rescate en la mañana del domingo. Cobré puntualmente hasta el último dólar por el alquiler …. y con ese dinero en caja, sin mucho dolor, pude comprar un regulador de voltaje Delco Remy verdaderamente nuevo.
Por intermedio de un común amigo “cachilero”, vine a enterarme que mi “salvador” providencial, el hombre del Lincoln Continental color habano, no era un duende benefactor salido de las páginas de una historia fantástica. En realidad era un Capitán de Navío retirado, dueño de varios autos “de colección “ y de un lucrativo negocio de venta de repuestos antiguos, en el barrio de Flores.
El dínamo sobrevivió indemne y el Cadillac 47 convertible con su nuevo regulador de voltaje, el clásico de 1947 que actuó en el Largometraje argentino del Director Eliseo Subiela, titulado “Las aventuras de dios” , siguió su clásica “vida” en poder de un coleccionista brasileño de San Pablo, que lo adquirió pagando por el, un “bonito“ y grueso fajo de billetes verdes.


Imagen



Humberto Junio de 2016













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Última edición por Humberto Arioni Jones el 29 Jun 2016 10:56, editado 1 vez en total.

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MensajePublicado: 28 Jun 2016 18:57 
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Registrado: 16 Feb 2009 20:11
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¿Limpiaparabrisas de vacío? una verdadera bosta. Seguís teniendo una gran dosis de suerte en tus relatos Humberto. No quiero imaginarme cuando empiece a operar la teoría del péndulo y nos cuentes la historias que no fueron afortunadas. :guiñada


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MensajePublicado: 28 Jun 2016 19:04 
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MensajePublicado: 28 Jun 2016 21:55 
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Impresionante como siempre, gracias por compartirlas!


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MensajePublicado: 28 Jun 2016 22:45 
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Ubicación: Montevideo - Punta Gorda
Humberto... te faltó iniciativa... El Doctor Emmet Brown, interpretado por Christopher Lloyd, el protagonista de "Volver Al Futuro" puso un pararayos en su De Lorean, para atrapar el rayo que quemaría el reloj del colegio y alcanzar las 80 millas y asi salir de los años 50 y regresar a 1985 a traves de la puerta del cine del pueblo... si hubieras visto la pelicula sacabas una buena idea para cargar la batería del viejo Cadillac!!

_________________
El trabajo del Administrador del foro es duro y sucio, pero alguien tiene que hacerlo... recuérdenlo.


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MensajePublicado: 28 Jun 2016 23:39 
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Ubicación: Montevideo - Punta Gorda
Adjunto:
orson-clapping.gif
Excelente como siempre......

un abrazo


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Luis Graziosi


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MensajePublicado: 29 Jun 2016 09:34 
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MensajePublicado: 29 Jun 2016 12:19 
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Registrado: 16 Feb 2009 20:11
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Ubicación: Joaquín Suárez, Canelones
¡Qué dureza esos actores y que parsimonia en la narración!. ¿Le dejaste manejar el Cadillac a Valerí?


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MensajePublicado: 29 Jun 2016 12:56 
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Registrado: 15 Mar 2008 16:34
Mensajes: 7896
Ubicación: Punta Carretas
Solo para los ojos de Ricardo. :rie :rie

"Valerí" ,o sea Flor Sabatella , nunca antes había manejado un auto. Se pensó que como el Cadillac era automático y lo iba a manejar en carreteras sin tránsito ( Gentil colaboración de la Caminera ) no habría problemas. Ella solo debía pisar el acelerador y el freno.Prometieron que en ningún momento iba a pasar de 40 km. h . Yo le enseñé a mantener el auto rodando derecho y a frenar. Había que confiar en la " Baraka" de Valerí ....
Muchas de las tomas con el Cadillac rodando se hicieron con una camioneta Toyota remolcándolo, y Flor que apenas movía un poco el volante.....Solo los 150 U$ por día que yo cobraba ( 150 de los del 2000 ) me calmaban los nervios...

En la foto donde el " Cardenal" me bendice al Cadillac en la Ruta 1, se vé una larguísima cola de autos y camiones que esperan detenidos y aguantando la bronca . :rie :rie
Los agentes de la Caminera se divertían mucho.

Por otra parte , debo dejar en claro que de ninguna forma arriesgo mi opinión personal sobre la calidad cinematográfica de " Las aventuras de dios" . Por el Cadillac si que me hago responsable ...... :gran sonrisa

Humberto crazy_pilot


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MensajePublicado: 29 Jun 2016 13:01 
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Registrado: 16 Feb 2009 20:11
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Ubicación: Joaquín Suárez, Canelones
Eso si que fue un decisión arriesgada Humberto. Y creo que con el protagonismo que tuvo el auto, les hiciste un muy buen precio.


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MensajePublicado: 29 Jun 2016 20:38 
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Registrado: 20 Dic 2006 18:25
Mensajes: 7770
Ubicación: Montevideo-Uruguay
Qué bueno que lo publicaras Humberto...!!
Tengo lectura para el fin de semana... y el segundo libro cada vez más cerca... :dedoparriba

Julio


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