RATONES DE HANGAR

Para la Discusión, Divulgación y Conservación del Patrimonio Histórico Aeronáutico Uruguayo e Internacional en Poder de Nuestro País
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MensajePublicado: 27 May 2016 19:17 
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***El Maserati del Chueco***

Alentado por algunos amigos muy bondadosos que dicen disfrutar leyendo mis relatos de algunos episodios del pasado, y envalentonado por la transitoria ausencia de la “espada justiciera de la censura”, me arriesgo a introducir en este Aeronáutico Foro , un tema que como ustedes verán si gustan leerlo, es 99 % OF TOPIC. El otro 1% corre por cuenta de un desprevenido e inocente piloto de un planeador argentino, con el que nos cruzamos fugazmente y por suerte, sin consecuencias.

Todo aquel trabajoso asunto del Maserati de Fangio, comenzó una fría madrugada de mediados de julio del 84, horas antes del amanecer.
A las cinco de la mañana me despertó una llamada telefónica de Bernardo, un italiano, coleccionista de autos antiguos con el que yo tenía ( Y sigo teniendo ) una excelente relación de negocios y de amistad.
En esos tiempos muy previos a los teléfonos celulares inteligentes y a los correos electrónicos, las llamadas intercontinentales eran un asunto medio complicado.
Las cinco horas de diferencia entre Parma donde reside mi amigo Bernardo, y Montevideo, mas la aleatoria ubicación azimutal del solitario satélite que actuaba como intermediario (y que normalmente ocasionaba un endiablado eco / retardo) , sumadas a la mezcolanza de palabras en italiano, con un “dialecto” que mi amigo suponía que era un “perfecto castellano”, contribuían a que fuera bastante dificultoso entender lo que él pretendía explicarme.
Al cabo de unos minutos, cuando yo ya estuve un poco más lúcido, y luego de varias pacientes repeticiones por parte de Bernardo, logré más o menos entender cual era el motivo de aquella llamada tan intempestiva.
Bernardo acababa de comprar ¡Por teléfono!, desde su casa en Italia, partes de un auto de carreras antiguo que estaba “depositado” en Argentina, y me avisaba que en tres días llegaría a mi casa para explicarme personalmente todos los detalles….Además me “informaba” de la “imperiosa necesidad” de ir juntos, cuanto antes, a Santa Fé en un auto que el iba a alquilar, para buscar su recién adquirida “Maquina di corsa “.
Era “necesario” que yo lo acompañara en el viaje, para ayudarlo a organizar el traslado a Montevideo de su nueva adquisición.
¡ Se trataba nada menos que de hacer mas de novecientos kilómetros , con los restos de un antiguo auto de carreras a remolque , para llegar al puerto de Montevideo, desde donde el hombre pensaba despachar para Génova las piezas del auto, en un buque carguero brasileño que pasaría por nuestro Puerto, antes de fin de mes.!!
Mi amistad con Bernardo databa de algunos años antes, cuando yo lo había conocido en oportunidad de venderle (a muy buen precio), un cabriolet Alfa Romeo SS de motor 2.500, carrocería de aluminio y llantas de rayos.

Foto del Alfa Romeo rojo

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Un exclusivo auto deportivo clásico de los años de pre- guerra que había llegado a Uruguay traído por un aristócrata diplomático español. A partir de ese primer negocio, habíamos entablado una amistad sólidamente basada en nuestro común interés por los antiguos autos clásicos. Una amistad que desde mi punto de vista, además de gratificante, resultaba muy “conveniente”…. .


Una o dos veces al año “el italiano“ llegaba a Montevideo, y en cada una de esas visitas, mis finanzas recibían un interesante aporte monetario. Yo lo esperaba todos los inviernos, con varios negocios de compra de “clásicos” apalabrados, o en el mejor de los casos, si el precio de compra estaba al alcance de mi “ bolsillo”, ya concretados.
Alfa Romeo 2500 o 2300 , Porsche 356, Morgan 4/4 de radiador chato, Cisitalia 202 carrozados por Pinin Farina, Lancia deportivos….Algún raro Moretti 1500 o un exótico BMW sport de pre Guerra…y en ciertas oportunidades, hasta alguno de aquellos valiosos Ferrari o Maserati de Grand Prix, de tiempos de Fangio, los hermanos Galvez y el “Gordo“ Froilán Gonzales .

Foto de Cisitalia 202

Por lo general mi amigo llegaba a Montevideo, sin anunciarse previamente. Dejaba su equipaje en algún hotel modesto del Centro, alquilaba un auto cualquiera y se presentaba en mi casa. Sonaba el timbre de calle y cuando yo iba a atender me lo encontraba muy sonriente y feliz de estar otra vez aquí, dispuesto para emprender juntos otra nueva “cacería” de clásicos.
El sostenía una rara creencia …casi una superstición. Afirmaba con seriedad que todo lo que emprendíamos nosotros dos juntos tendría éxito seguro. Y en realidad parecía tener algo de razón porque desde los tiempos en que habíamos comenzado a rastrear “presas de colección“ en compañía, ya llevábamos varios contenedores cargados de automóviles clásicos, despachados para Italia.
Allá en la floreciente Italia del Mercado Común , estaba de moda entre los aficionados a los autos y los coleccionistas de la alta burguesía, tener guardadas una o más “ máquinas deportivas” perfectamente restauradas, en las cocheras de sus villas.
Sobraba el dinero y era bien visto y “divertido” gastarlo en algo tan elegante como un antiguo Alfa Romeo Villa D´Este de los tiempos de Don Benito Mussolini , un “ piccolo“ Cisitalia 202 como el del Museo de Arte Moderno de NewYork …,o alguno de los diversos autos deportivos que en el pasado fueran propiedad de personajes tan famosos como Eva Perón, Aristóteles Onasis, Juan Manuel Fangio…o Porfirio Rubirosa, aquel notorio playboy casado con Flor de Oro Trujillo, la hija de Trujillo, el dictador de República Dominicana

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Un Grand Prix V 12 / V 16 Alfa de los " Grandes"

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Un Piccolo Cisitalia 202 como el del Museo de Arte Moderno
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Un Porsche 356

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Morgan de radiador chato
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Un lujoso Villa D´Este

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Un " Lujurioso " Alfa V 8



Aquel año la llegada de Bernardo, no me sorprendió .Yo lo estaba esperando.
Se le veía más entusiasmado de lo habitual. Estaba nervioso y apenas pudo cumplir con las formalidades de los saludos, antes de soltar el “rollo”.
Un amigo suyo, diplomático italiano destacado en Argentina, lo había puesto en contacto telefónico con un mecánico de la ciudad de Rafaela, en la provincia de Santa Fé, que tenía guardado en el fondo de su taller un viejo Maserati monoposto.
Se trataba de un A6GCM al que le faltaba el motor, el radiador y todas las piezas frontales del “ carenado” de aluminio que originalmente lo cubría . El auto había quedado “traspapelado” por treinta años, desde el día que su último dueño lo había dejado allí para que el anterior propietario del taller le instalara un motor Chrysler V 8. Habían pasado los años, nunca se había concretado el trabajo y tanto el primitivo dueño del taller como el propietario del auto habían muerto.
El diplomático amigo de Bernardo, un aficionado a los clásicos, había ido a presenciar unas carreras en el Autódromo de Rafaela, y su Mercedes 300 SE había tenido una falla mecánica menor. Curioseando para hacer tiempo, en los fondos del taller, mientras el tallerista le solucionaba la falla al motor de su Mercedes , se había encontrado con el Maserati “arrumbado“ en un ruinoso cobertizo al fondo del terreno del taller.


Foto de un Maserati A 6 GCM

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El A 6 estaba más o menos cubierto con unas chapas oxidadas y restos de un rotoso toldo de loneta plástica. Parcialmente oculto entre un heterogéneo lote de restos de carrocerías y partes de autos de todo tipo, “caídos en desgracia”
El vice cónsul le había planteado al dueño del taller la posibilidad de comprarle aquella chatarra, pensando en su paisano Bernardo, quien siempre estaba dispuesto a enredarse con esa clase de “fierros”.
El tallerista le había contado que los restos del Maserati del terreno del fondo ya estaban allí, cuando el se había hecho cargo del taller y que en ese tiempo se decía que ese auto había sido uno de los A 6 GCM, que alguna vez había piloteado el legendario “Chueco” Fangio, cuando la pista del autódromo de Rafaela todavía era de tierra.

Bernardo, enterado por un llamado telefónico de su amigo, se había arriesgado a comprar lo que quedaba del auto, basado únicamente en la versión del vice cónsul, quien desgraciadamente no había sido capaz de encontrar el número de identificación de fabrica de los hermanos Maserati , que debería que estar estampado en uno de los travesaños delanteros del chasis tubular del A 6 .
El A6 “ de Corsa” fue un fuerte competidor de los Mercedes Benz, los Alfa Romeo y los Auto Union de pre Guerra , que dominaban los escenarios de competencias automovilísticas europeas a fines de los años 30.
Un giro bancario desde Italia por una suma bien jugosa, y el amigo de Bernardo, la tarde siguiente y antes de regresar a Buenos Aires, había concretado la compra de lo que quedaba del auto.

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Foto de Ana a los comandos del Charrua II

En la semana previa a la llegada de Bernardo a Montevideo había nacido mi hija Ana, y yo estaba muy poco dispuesto a dejar a mi esposa sola con nuestros otros dos hijos chicos y la recién nacida. Pero en esa oportunidad, Bernardo estaba dispuesto a todo, con tal de convencerme de que lo acompañara…..y como bien decía el Gran Olmedo…!! Eramos tan pobres ¡! Mi esposa y yo recién habíamos comprado la casa en la que hasta hoy vivimos y nos quedaba un considerable saldo del precio por pagar….
El italiano, que no era demasiado liberal en materia de soltar su dinero pero estaba convencido de que me necesitaba, aceptó el subido precio de mis honorarios profesionales de Experto Cazador de Clásicos.
Valientemente, pero tragando saliva abrió su voluminoso portafolios y pagó por adelantado. Confiaba en mi.
Pactamos emprender el viaje a primera hora de ese mismo sábado, y regresar con el Maserati a remolque del Subaru 1.8 que el había alquilado, a mas tardar el lunes de mañana ,a tiempo para que Josefa pudiera dejar los niños a mi cuidado y presentarse a trabajar en la Escuela Chile, donde ella era maestra de preescolares..

De Montevideo directo a Paysandú.
El Subaru tenia buena calefacción , pero en esa mañana de sábado el aire exterior estaba helado y cuando yo abría una rendija de mi ventanilla para ventilar el humo de algún cigarrillo que me atrevía a encender , Bernardo que no fumaba , protestaba y amenazaba con detener el auto y hacerme bajar a la carretera. La ruta 3, a partir de Trinidad estaba en muy mal estado. Era imposible superar los ochenta kilómetros por hora. Finalmente llegamos a Paysandú a mediodía.
En Paysandú yo había coordinado la noche anterior una cita con cierto personaje conocido de uno de mis amigos “cachileros” :Se trataba de un descendiente de inmigrantes rusos, de nombre Serguey, quien era Patrón de una embarcación de regular tamaño que operaba desde el puerto de Paysandú , dedicada al transporte de mercaderías entre los puertos del Río Uruguay del área de Paysandú, Salto, Río Negro y Soriano.
Yo había logrado convencer a Bernardo de que si intentábamos cruzar por uno de los puentes desde Entre Ríos, a Uruguay con el Maserati a remolque, seguramente íbamos a demorar semanas en tramitar los correspondientes permisos de las Aduanas.
La única solución para esa dificultad, era “despachar” nuestra carga por vía acuática y cruzar nosotros solos con el Subaru, para continuar el remolque, desde territorio uruguayo.

El ruso Serguey vivía en un bloque de viviendas de INVE de la periferia de la ciudad. Cuando logramos ubicar la calle y llegar hasta su domicilio, ya era pasado el mediodía.
Un rato después, y a fuerza de “aplaudir” porque no existía nada parecido a un timbre, logramos que se nos atendiera. La esposa del ruso, evidentemente molesta por nuestra presencia a esa hora inapropiada, nos dijo que debíamos esperar a que “El Serguey “ terminara de almorzar.
Nosotros no habíamos comido ni bebido nada desde el desayuno a las seis de la mañana en Montevideo, No se nos invitó a pasar al interior de la casa. Esperamos “al Serguey” parados en la vereda, a media cuadra de donde habíamos dejado estacionado el Subaru, soportando un cierto vientito helado, intentando calentarnos con algún tímido rayito de sol que lograba colarse entre las nubes invernales.

El ruso era un hombre de unos cincuenta años, de cara colorada, surcada de arrugas que una barba negra, recortada y espesa no conseguía ocultar. Duros ojos celestes. Nariz ganchuda. Bajo y robusto. Vestía todo de negro, hasta una gorra de paño negro. Me recordó vivamente al Capitan Haddock, el amigo de Tintín, el protagonista del célebre comic del dibujante belga Hergê.
Nos atendió con aire de desconfianza. Nos miraba a mi y a Bernardo como tratando de adivinar que clase de individuos éramos ambos. Cuando me presenté como un amigo de Mario, un cliente de “ fletes” que el conocía desde varios años atrás, me hizo preguntas que no venían al caso, como tratando de confirmar si en realidad yo verdaderamente era amigo de quien decía serlo . Me preguntó por la salud de la esposa de Mario …pero refiriéndose a ella con un nombre cambiado . Lo corregí. Entonces preguntó si la señora había logrado que Mario le arreglara la manija defectuosa de una heladera argentina Siam nueva, que el , Serguey , le había regalado al esposo.
Preguntó si aún seguía funcionando la vieja F 100 de mi amigo. Mario desde cuando yo lo conocía , no usaba otro vehículo que una Renault 4L.
Aparentemente satisfecho con mis respuestas, quiso saber que se nos ofrecía para ir a molestarlo en su casa, un sábado tan frío y nada menos que a la sagrada hora del almuerzo.
Cuando le expliqué que nosotros necesitábamos cruzar desde Argentina el chasis de un viejo auto de carreras con algunas piezas de la mecánica aún en su sitio, “el Serguey “ pareció interesarse .
-“ Tiene ruedas ese cachilo “- preguntó otra vez desconfiado .
Le respondí.
_ “ Si, claro, que tiene ruedas, pero no tiene motor así que lo tenemos que remolcar , pero por eso mismo, es bastante liviano. Tampoco tiene documentos ni matrículas, por lo que no lo podemos pasar nosotros por el puente. Llos de la Aduana nos harían perder semanas de papeleo y gastar una fortuna en sellados. Además, nosotros tenemos que estar de regreso en Montevideo el lunes antes de medioía. “-
En ese momento, no se porqué razón se me ocurrió explicarle lo de mi hijita recién nacida y la necesidad de regresar el lunes a suplir a mi esposa para que ella pudiera reintegrarse a tiempo a su trabajo. Por fin la cara adusta del ruso se ablandó.
-“ ¿ Tu mujer es maestra y tienen tres hijos? ….Mi esposa también es maestra y nosotros tenemos cuatro varones, “-
Viendo que lo de mi familia había logrado achicar su desconfianza, aproveché mi oportunidad y sin más vueltas le pregunté si estaba dispuesto a ayudarnos.
-“ Bueno” , dijo el ruso, “Poderse se puede, pero no va a ser barato, porque para cargar ese fierro en mi lancha voy a tener que buscarme unos tipos que me ayuden “ –
Serguey me hablaba mirando a Bernardo, que no había dicho ni una palabra. El italiano sabía perfectamente que en esos tratos era mejor no delatar su acento porque de lo contrario indefectiblemente los precios subían ….y el ruso que era un hombre experimentado y buen conocedor de gentes, ya habría adivinado quien era el que pagaba las cuentas.
-“ ¿ Entonces cuanto….? “ – pregunté yo para atraer la atención del ruso.
-“ Bueno, “ repitió el ruso, sin dejar de mirarlo a Bernardo “- Ustedes me lo arriman a Colon, y yo se los cruzo…”- Serguey volvió a mirarme a mi y agregó . – “ Y además te lo entrego en Montevideo, donde vos digas , por trecientos dólares. Justo el martes mi hijo Andrei tiene un viaje de camión vacío a Montevideo a buscar los muebles de una gente que se muda para acá, y el se encargaría del flete de tu cachila. El Andrei es un muchacho de confianza, así que quedáte tranquilo que no van a haber problemas.”-
Trecientos dólares era bastante dinero en el 84. Dudando lo miré a Bernardo, que se hacía el desinteresado, pero que de inmediato me hizo la seña que teníamos convenida para cuando estaba de acuerdo en cerrar un negocio.
-“Está bien, te voy a dejar un adelanto de cien por los gastos del trabajo y le pago el resto a tu hijo contra la entrega del auto en Montevideo. “- Me apresuré a confirmar
.
El ruso volvió a sonreír, cuando rápidamente embolsó los cien dólares.
En ese momento me vino a la memoria el recuerdo de una reciente conversación mantenida con un Ingeniero de Carlos Paz .
-“ ¿ Podés cruzarme cualquier cosa que entre en tu barco “ – pregunté.
-“ Cualquier cosa “ – respondió el ruso, pero se apresuró a aclarar -“ Cualquier cosa menos drogas o armas”-
Me estaba gustando ese fletero….. Quizás pronto íbamos a tratar otro trabajo. Cuando yo lograra localizar el Messerschmitt Me 109 del que me había hablado aquel Ingeniero Cordobés sentados en la cafetería de un parador a orillas del lago…..

Una vez convenidos con Serguey todos los detalles “técnicos” del negocio, Bernardo y yo nos apresuramos a regresar al centro y nos “zambullimos” en una parrillada de la calle principal, ubicándonos en la mesa libre más cercana a las brasas de la parrilla. Estábamos helados y hambrientos.
Después de haber despachado una enorme porción de pollo asado, Bernardo me confesó que estaba feliz de haber encontrado quien pudiera resolver lo del cruce del río y más feliz de saber que le entregarían el auto en Montevideo, evitándonos otros cuatrocientos kilómetros de remolque. –“Me gustó tu amigo Serguey “- Ese hombre bien vale los trecientos dólares. Estoy seguro que no nos va a fallar.”- comentó.
Yo no estaba tan seguro. Pero como el dinero y el Maserati no eran míos…..

Una hora más tarde estábamos otra vez en viaje. Cruzamos con el Subaru por el puente General Artigas y pusimos rumbo al oeste por la ruta 130 hacia el Túnel del Paraná. Atravesando enteramente la Provincia de Entre Ríos.
A las nueve de la noche transitábamos por el impresionante túnel bajo el río, y entramos a la Provincia de Santa Fé.
Solo faltaban 100 kilómetros para Rafaela. Llevábamos catorce horas en las rutas.

Al llegar a Rafaela ya era demasiado tarde para ir hasta el taller donde nos esperaba nuestro “objetivo”. Con muchas dificultades encontramos una habitación libre en un hotelucho de media estrella y después de apenas lavarnos la cara, nos apresuramos a ir a cenar en un buen restaurante del centro. El mozo nos comentó que toda Rafaela estaba repleta de turistas que habían llegado a causa de una Convención de Odontólogos. Habíamos sido muy afortunados de encontrar donde dormir.
Novecientos sesenta kilómetros de carretera, la visita al ruso y mucho frío. Los dos estábamos muy cansados, y después de cenar ni pensamos en salir a ver la vida nocturna de Rafaela.

El domingo amaneció soleado. Bernardo y yo nos despertamos un poco tarde. Le habíamos solicitado al encargado del hotel que nos llamara a las 7.30, pero no tuvimos éxito. Nos despertó el agudo bocinazo de una locomotora que parecía venir de adentro de algo parecido a un placard, donde por la noche habíamos colgado nuestra ropa de abrigo. Eran las 9,15.
Nos levantamos de apuro y salimos a desayunar en un barcito cercano al hotel , a metros de las vías del ferrocarril.
El Subaru había quedado frente al hotel y antes de las 9 .40 ya estábamos en camino al taller donde nos esperaba el Maserati.
Afortunadamente, el hotel donde habíamos pasado la noche estaba a unas pocas cuadras del taller de Armando, que así se llamaba el mecánico, vendedor del auto que había comprado mi amigo.
Un ancho portón metálico cerrado, con el número de puerta que buscábamos, pintado descuidadamente sobre una tabla clavada al muro de ladrillos desnudos que rodeaba el local. En la vereda de enfrente una gran zona de terreno alambrado y sin edificar, donde se veían los arcos de futbol de varias canchas .
Armando Trucco , (¡ No es un invento mío. Ese era el verdadero nombre del tallerista!) abrió el portón enseguida, cuando Bernardo golpeó sobre la chapa del portón con el puño.

Habíamos llegado.

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Allí estaba el viejo Monoposto, bastante sucio y “ ruín“ de aspecto como lo hubiera calificado mi amigo Flavio el brasileño, de haber estado con nosotros
Lo examinamos detenidamente. Bernardo se veía eufórico. El Maserati era exactamente lo que había dicho su amigo, el que lo había encontrado. La parte trasera, con el gordo carenado del tanque de combustible de 200 litros de capacidad y la sección media, incluyendo el habitáculo del piloto, estaban relativamente sanas . Las cuatro llantas Borrani de 18 pulgadas y rayos de alambre, fijadas a las enormes masas de rueda de aluminio por grandes mariposas de bronce cromado, lucían perfectamente “ operables”, aunque habían perdido el brillo metálico de los gruesos rayos, por estar completamente cubiertas del polvo gris del terreno .
Donde debió estar el motor de seis cilindros en línea, solo quedaba la carcasa del embrague y atrás, una voluminosa caja de cambios de aluminio.
Nada de motor, radiador, careta …ni ¡ columna de dirección! Tampoco estaba la caja de la dirección, ni siquiera las barras tubulares que comandaban las ruedas delanteras.
¡ Pero sin duda que ese era un Maserati A6 G CM ¡ ¡ Un auténtico Monoposto de Corsa de los de la pre Guerra ¡
El amigo de Bernardo no había podido ubicar el número de chasis de fábrica porque justo en el lugar donde debió estar estampada esa “cedula de identidad” , alguien, ( ¿ El anterior dueño del taller? ) había soldado a la eléctrica, sin ahorrar electrodo, una de las cuatro piezas de acero que evidentemente se pensaban usar como “patas de motor “ para instalar sobre ese chasis, un motor bastante más ancho que el original Maserati 6 en línea.
La falta de la caja de dirección y las correspondientes barras, eran todo un problema con miras al remolque. Ambas ruedas delanteras pivoteaban libres sobre los ejes verticales de la suspensión. Ambas cubiertas delanteras estaban resecas y mostraban muchas grietas. Las dos se apoyaban sobre el piso con sus telas casi desnudas de caucho.
Esas dos veteranas, con suerte, a lo sumo llegarían hasta salir de la ciudad. Y a nosotros nos esperaban casi quinientos kilómetros de carretera hasta el bar de la rambla de Colón, donde habíamos convenido reunirnos con Serguey, para embarcar el Maserati en su lancha.

A media mañana Bernardo y Armando habían salido en el Subaru a tratar de conseguir un par de cubiertas de rodado 18´ para reemplazar a las dos “derrotadas” veteranas “ delanteras.
Yo me había comprometido a darle una solución de emergencia, a la “desalineada” dirección del Maserati.
Me había quedado solo en el taller, con herramientas y un rollo de buen alambre dulce, suficiente como para “triangular “ firmemente las dos mazas de ruedas delanteras, con los laterales del chasis. De tal forma que el auto rodara derecho hacia delante. …..En las curvas ambas ruedas iban a derrapar, pero yo contaba con que la única consecuencia del desplazamiento lateral de las ruedas respecto a la carretera, iba a ser acortarle “dramáticamente“ la vida útil a las “nuevas” cubiertas de 18 pulgadas que se pudieran conseguir un domingo de mañana, en Rafaela .
En 1984 las cubiertas de 18pulgadas ya eran cosa del pasado, pero Armando nos aseguró que el sabía donde buscar….

Hora y media más tarde, cuando regresaron los dos “expedicionarios” con las dos llantas Borrani calzadas con unas aceptables cubiertas 18 usadas, yo ya había terminado con mi parte de trabajo.
Bernardo inspeccionó mi obra mientras Armando procedía a instalar nuevamente las dos ruedas delanteras.
–“ Un trabajo perfecto,tu sos todo un profesional “ me felicitó el italiano contento.
Yo había unido las cuatro escuadras de acero atornilladas a las mazas, donde se fijaban los punteros de dirección, a unos agujeros estampados de fábrica en el chasis, mediante seis trozos de alambre en cada lado. Luego había ido torneando sobre si mismos los mazos de seis alambres, hasta formar unas especies de eslingas cortas y firmes.
Las dos grandes mazas de rueda con sus enormes tambores de aluminio de los frenos, habían quedado perfectamente paralelas al chasis, con ayuda de a una larga varilla de madera que había usado como regla de alineación, apoyada a lo largo del auto, sobre el lateral de los neumáticos traseros y los de adelante El Maserati alineado y bien firme, con sus “nuevas“ cubiertas y sus ruedas alineadas, fue sólidamente amarrado al puente trasero de la suspensión del Subaru, mediante una corta barra de remolque casera, hecha con un caño de acero de dos pulgadas , que donó generosamente Armando.
Todo estaba listo par emprender el viaje, y el tiempo corría, pero nos demoramos algo más porque la esposa de Armando había cocinado ñoquis caseros para nosotros. La señora estaba muy agradecida a Bernardo, que se llevaba “una de esas chatarras“ del fondo y les dejaba suficiente dinero como para terminar de reformar la casita donde vivía la familia Trucco . Tres mil quinientos dólares había sido el precio de venta de la “chatarra” de Maserati….
Mucho dinero para la señora Trucco, pero algo así como veinte veces menos de lo que podía llegar a venderse aquel chasis en Italia, tal como estaba en ese momento.
Como buen comerciante, Armando no pudo callar su curiosidad y le preguntó a Bernardo que pensaba hacer con las partes que faltaban en el auto.
- “Hace dos años yo compré un motor de A 6 con el árbol de levas roto, en un taller de autos de carreras de Montevideo. El viejo mecánico que me lo vendió me dijo que el lo había conseguido aquí, en Rafaela. Estoy casi seguro que es el motor original de este auto “- le respondió Bernardo.
No hice ningún comentario. En ese momento entendí las razones del entusiasmo de mi amigo. El Maserati con su motor original tendría un valor que justificaba ampliamente todos los gastos y los esfuerzos que estábamos haciendo. ¡Mucho más que veinte veces 3.500 dolares! ::: Y si de alguna forma se podía comprobar que había sido usado por Juan Manue Fangio , era imposible estimar el precio…!!
Lo de las demás piezas faltantes eran minucias. En Italia, Bernardo las podría conseguir, “Por un puñado de dólares”.

Los ñoquis caseros de doña Trucco fueron una maravilla. Nos despedimos contentos, con el estómago lleno. Luego de pasar por una estación de servicio para también alimentar de combustible al Subaru, emprendimos el regreso.
Otra vez hacia Paraná. Eran las tres de la tarde. Teníamos que apurar la marcha porque nos esperaba Serguey en Colon, a las nueve de la noche.

La ruta estaba desierta. Manejaba yo, y Bernardo dormitaba al calorcito del sol en el interior del auto.
Yo iba atento, mirando seguido por el espejo retrovisor, para controlar como se comportaba el Maserati . Había comprobado que a 70 kilómetros por hora, los dos autos respondían perfectamente a la dirección del Subaru y que cuando debía aplicar los frenos, si lo hacía con delicadeza, casi no se sentía el empuje del liviano chasis remolcado.
Viajábamos por una ruta asfaltada y en buen estado. A los lados de la ruta, campo pelado, algunos eucaliptos y unas pocas casas. Un aburrido paisaje,casi idéntico al campo típico de Flores o de Soriano.
En cierto momento, a poco de llegar a un pueblo por el que pasaba la ruta que transitábamos, observé con sorpresa que a uno de los costados de la ruta, el alambrado lateral era mucho más bajo que lo acostumbrado. Antes de llegar a entender la razón de ser de ese peculiar cerco y sin tiempo para razonar, fui sorprendido por la visión de un pequeño planeador blanco que venía descendiendo directo hacia nosotros , a menos de cinco metros sobre el terreno. Directo a cruzar la ruta por la que avanzaba el Subaru, con la evidente intención de aterrizar en lo que era la cabecera de la pista de un aeródromo que nosotros estábamos contorneando.
Pisé el acelerador a fondo y el 1.800 del Subaru respondió bien. Cruzamos la trayectoria de planeo del planeador, una fracción de segundo antes . Pienso que el piloto habrá tenido tanto susto como yo. Debe haber pasado ajustadamente, con el ala izquierda por encima del Maserati , que afortunadamente no pasaba de ochenta centímetros de altura. Instintivamente, a mi no se me ocurrió frenar… Bernardo solo se movió entre sueños y se quejó de la brusca acelerada. No llegó ni a enterarse de lo ocurrido

Cuando llegamos a la ciudad de Santa Fé y al túnel que la conectaba con Paraná, ya había oscurecido. Eran poco más de las seis de la tarde y el cielo otra vez estaba nublado
Bernardo había despertado y cambiamos de puesto para que manejara él y yo pudiera descansar un poco.
El cruce por el kilométrico túnel con el Maserati sin luces a remolque, pasando rápidamente frente a los patrulleros de la policía de tránsito, es uno de esos recuerdos que quedan en la memoria como si se tratara de un viejo film policial. El túnel de paredes y techo de hormigón blanco, con multitud de paneles de luz embutidos, el capot del Subaru azul oscuro reflejando la iluminación lineal del techo, el Maserati de aluminio sucio con los fierros del chasis a la vista, el denso humo azulado de los escapes flotando en el aire cargado de monóxido, los faros rotatorios rojos de los patrulleros estacionados a la entrada y a la salida.
Fueron unos larguísimos seis o siete minutos.
¡Los policías nos miraban pasar, asombrados, pero en ningún momento nos hicieron señas de parar!
Bernardo mantuvo a los dos autos avanzando a unos discretos cincuenta kilómetros por hora, y ninguno de nosotros dos se atrevió a respirar hasta que dejamos atrás la salida del túnel y nos alejamos en la oscuridad de la ruta . Dentro del Subaru quedó el olor a gases de escape. Abrimos las ventanillas para que entrara aire limpio y no pudimos dejar de reír hasta cuando paramos a cargar nafta en una estación de servicio desierta de la Ruta
Indudablemente ese día estábamos de suerte. Si los de tránsito nos hubieran detenido, por lo menos nos perdíamos la reunión con Serguey, y quizás se nos hubiera hecho muy difícil seguir adelante con el remolque.
La ruta 18 de Entre Ríos estaba muy transitada a esa hora del domingo. Probablemente personas que regresaban a sus hogares, una vez finalizado el fin de semana. Con el Maserati sin luces rojas atrás, teníamos que mantener una velocidad uniforme y no podíamos adelantar a ningún otro auto, por lento que este avanzara. A las nueve de la noche todavía nos faltaban sesenta kilómetros para llegar a Colón y a la cita con el ruso. Pero no podíamos hacer nada mejor, que seguir adelante a unos prudentes setenta por hora.

Poco antes de las diez, avanzábamos por un tramo de angosta y solitaria carretera hormigonada, con densas arboledas de eucaliptos a ambos lados de la ruta. Estábamos muy cerca de Colón y otra vez iba manejando yo.
Nada de tránsito. Oscuridad total. Solo las luces de los faros del Subaru, que rebotaban en los troncos grises de los eucaliptos creando una sensación de túnel. Como si hubiéramos vuelto atrás, al Subfluvial del Paraná.
De pronto se oyó un fortísimo estampido seguido de un sonoro tableteo parecido a disparos de una Thompson 45 , que terminó tan misteriosamente como había comenzado. El Subaru empezó a vibrar y a dar bandazos como si rodáramos sobre un empedrado mojado y sentí que el Maserati tironeaba bruscamente de la barra de remolque, a un lado y a otro.
Solté el acelerador y sin frenar, dejé que los autos perdieran velocidad, aferrándome al volante de dirección para intentar mantenerlos sobre el eje del pavimento firme y lejos de las cunetas. Media cuadra más adelante por fin paramos en una zona débilmente iluminada. Apagué el motor.
Bernardo y yo abrimos las puertas simultaneamente y bajamos para ir a ver que era lo que había ocurrido atrás.
A la pobre luz que venía de una lamparilla que colgaba de una rama de uno de los eucaliptos, pudimos ver que la cubierta delantera izquierda del Maserati había explotado. No quedaba cubierta. Solo dos grandes arandelas de goma y tela enhebradas en la llanta Borrani. Cada una de las “arandelas” tenía todo alrededor del perímetro exterior un “bigote “ circular de flecos blancos. Era lo que quedaba de la banda de rodamiento que se había desintegrado y habría volado por el aire cuando cesó el “misterioso“ tableteo.
La otra cubierta apenas si había sobrevivido al viaje. Se le veía el blanco de la tela en varios manchones, pero todavía estaba inflada y en su puesto de combate.
-“ Menos mal que fue la izquierda, la que reventó ,”- dijo Bernardo. _” Si hubiera sido la otra, es probable que hubiéramos ido a parar a la cuneta …o peor “-
-“ ¿ Y ahora que podemos hacer …” – empecé a preguntarme en voz alta pensando en el ruso que nos esperaba hacía ya una hora Levanté la vista del frente del Maserati y miré hacia donde venía la luz que nos permitía observar lo ocurrido.
La lámpara que colgada de la rama era una portátil de taller, de esas que tienen una protección de alambre para evitar los golpes. Aquella portátil estaba allí colgada, alumbrando un pequeño “claro” de tierra negra apisonada entre los árboles, frente a un galponcito de chapa acanalada que estba a unos cinco o seis metros de la ruta. Sobre la puerta entreabierta del local colgaba un rudimentario cartel de tablas negras, que tenía pintadas seis grandes letras blancas “-GOMERIA –

Esa tarde de domingo el joven gomero había ido al cine con su novia, a ver E.T y luego de dejarla en su casa, había abierto la gomería para enllantar unas cubiertas nuevas en las ruedas del camión de un cliente, que saldría para Buenos Aires a primera hora del lunes.
Cuando nosotros nos detuvimos con el Subaru frente a la puerta del galpón, el hombre ya había terminado el trabajo y estaba adentro, lavándose las manos para cerrar e irse.
Si el reventón hubiera ocurrido dos horas antes, la gomería habría estado cerrada. Diez minutos más tarde, también.
Con los años yo he llegado hasta a pensar que si en la mañana del lunes hubiéramos vuelto a pasar por aquella carretera desierta, quizás en el lugar donde esa noche encontramos el galpón de la providencial gomería, solo habríamos visto eucaliptos….
Pero aquella noche de domingo, el galponcito de la gomería era de verdadera chapa y el gomero no era un fantasmal personaje salido de un episodio de “Amazing Stories”, era un muchacho de buena pinta, bien “despierto” y bien real. Sin dudarlo nos dijo que estaba seguro de tener un par de raras cubiertas de 18 pulgadas en buen estado, que meses atrás le habían cambiado a un Torino del 67 de un cliente, quien competía en carreras con el motor preparado y con llantas adaptadas.
Las dos 18´ que bajó de una sucia estantería rotosa, estaban a medio uso. Mas que suficiente caucho, como para llegar al Bar de Colón donde queríamos suponer que todavía nos esperaba el ruso Serguey.
A pesar de que mis “tensores” de alambre habían aflojado un poco y se había perdido algo del paralelismo logrado con mi sistema patentado de alineación a varilla de madera , el Maserati pocos minutos más tarde estaba en condiciones de seguir adelante. Que las dos cubiertas del IKA Torino “arrastraran” y perdieran banda de rodamiento como las anteriores, no nos preocupó. Estábamos muy cerca de nuestra meta.
Eran las once de la noche, llevábamos dos horas de atraso respecto a la hora que habíamos convenido con. Serguey .

Volvimos a ponernos en marcha, con ánimo alegre por la suerte que estábamos teniendo. Habíamos cruzado el túnel subfluvial delante de las “narices” de la policía de tránsito, sin que nos pararan. Habíamos eludido hábilmente un muy posible accidente de tránsito contra un planeador. Acabábamos de recorrer quinientos kilómetros remolcando un antiguo auto de carreras atado con alambres , Milagrosamente un joven gomero salido de la nada nos había solucionado mágicamente el reventón de una cubierta delantera, y adelante nuestro, cuando salíamos de una curva de la ruta, brillaban las luces de las calles de Colón.

El Bar donde nos debía esperar Serguey, era en realidad la cantina de un Club deportivo. Detuve los autos en la esquina de la calle del Club, que daba a la “rambla” del Río Uruguay.
Adentro del local del Club Porvenir, hacía tanto o más frío que en el exterior. Al respirar exhalábamos penachos de vapor y los gruesos gamulanes que los dos traíamos puestos, casi no se hacían sentir en el aire húmedo y helado.
La cantina era parte de una construcción antigua con techos altísimos, piso de gastadas baldosas españolas de cerámica roja, y paredes de ladrillo encaladas.
Un mostrador de madera barnizada, una gran heladera de roble de cuatro puertas, una mesa de billar tapada con una loneta verde, y unas sillas metálicas plegables, pintadas de rojo y bastante deterioradas. Allí adentro solo estaba el cantinero, un veterano flaco y esmirriado que aparentaba estar lavando unos vasos.
Cuando entramos, nos miró sin demostrar ningunas curiosidad. Lo saludé con un “Buenas noches”, y antes que yo le pudiera preguntar nada, el flaco me hizo una seña con la cabeza hacia una puerta de doble hoja , que se abría hacia el fondo del local.
Por esa puerta se accedía a un amplio de salón techado con totora y cerrado por una mampara de perfiles de hierro y vidrios que oficiaba de pared del fondo. A través de los vidrios empañados se podía entrever el jardín trasero del Club y unos terraplenes cubiertos de césped descuidado, iluminados por los faroles de la rambla. Más atrás, solo oscuridad, donde uno adivinaba la ancha faja de agua del Río Uruguay
En el centro del salón frente a una de las mesas de hierro con tapa de vidrio, sentados en sillas plegables de chapa roja, tan descascarada como las de la cantina, dos hombres con las cabezas bajas, en actitud de estar dormitando.
Sobre la mesa de vidrio, frente a los hombres, dos grandes vasos de vidrio, de los de cerveza y una incongruente botella de grapa Ancap.
Uno de los hombres era Serguey. Ambos estaban enfundados en sacones de paño oscuro. Calzaban usadas botas de goma amarilla y se cubrían las cabezas con gorras de lana tejida.
¡ Una escena que nunca podré olvidar! Los dos tipos dormitando, sentados en ese ambiente polar, la inhóspita mesa de vidrio, el piso de baldosas gastadas , las frías sillas de chapa, la botella de grapa casi vacía y los vasos con apenas un restito de bebida en el fondo .Todo aquello apenas iluminado por una amarillenta lamparilla de 40 w que colgaba de un cable cagado por las moscas , pendiente de uno de los oscuros tirantes de eucaliptos rústico ,que soportaban el quinchado del techo.

Nos esperaban desde antes de las nueve. Serguey había estado seguro de que nosotros no éramos de los que faltan a una cita como aquella. Su compañero varias veces había dicho que quería irse, pero él lo había convencido de esperar un rato más, con ayuda de la botella de grapa. “Grapa de la nuestra.” Decía el ruso.
El otro hombre era su “segundo de abordo”.Eran parientes y trabajaban juntos desde siempre. El que se llamaba Juan, aparentaba sesenta , pero probablemente tendría solo algo más de cincuenta años. Robusto de cuerpo, gastaba unos bigotes grises, al estilo manubrio. A mi en seguida me recordó a Peter Lorre, aquel soberbio actor húngaro- americano que hacía impecables papeles de villano en películas de aventuras de Hollywood, en las décadas de los 40 y los 50.
Un perfecto villano, cruel y miserable. Con su rostro desagradable, sus ojitos ratoníles y su sonrisa fallúta.
Serguey nos invitó a beber unas grapas “para atajar el frio “, pero ni Bernardo ni yo aceptamos. Queríamos terminar con el negocio del Maserati y cruzar el puente para ir a Paysandú a comer algo caliente, cargar nafta y regresar a Montevideo.
Pero el negocio no iba a ser tan sencillo como eso. Según lo que nos aclaró Serguey, primero debíamos remolcar el Maserati hasta “el puerto” donde ellos habían dejado amarrada la lancha. No era lejos de allí, y según el , en poco mas de una hora íbamos a estar de vuelta en Colón .
Los cuatro subimos al Subaru. Bernardo manejaba con Juan “alias Peter Lorre “como acompañante y como guía , en el asiento delantero. Serguey y yo atrás.
Tomamos una ruta paralela a la costa del Río, con rumbo al norte. Al cabo de unos cuarenta minutos ( Habríamos recorrido algo más de cincuenta kilómetros) Juan le indicó a Bernardo que se saliera de la carretera y entrara por un camino de huella que se internaba en un terreno de matorrales y arbustos costeros.
En pleno campo y sin más luces que los faros del Subaru , avanzábamos mucho mas despacio, esquivando las zonas con vegetación más densa. Juan le iba señalando a Bernardo donde doblar y por que puntos pasar sin problema en las zanjas y los arenales donde se perdía por completo la huella de las ruedas de otros vehículos que habían transitado por allí. A mi todo me parecía el mismo lugar, los árboles , el pasto y las matas de chilcas eran todo un fondo gris con apenas un toque de verde a la luz de los faros delanteros del Subaru.
Para los costados y para atrás, oscuridad total. Me resultaba imposible orientarme y no llegaba a entender como era que Juan podía reconocer el terreno.

Serguey se había quedado dormido…,o simulaba estarlo.
En ese momento empecé a sospechar que estábamos yendo hacia una trampa. Que nuestros acompañantes no eran tan amistosos y confiables como había creído Bernardo. Tal vez mi amigo Mario, el que nos había recomendado a Serguey, no lo conocía tan bien como el pensaba…..
Yo sabía que en el baúl del Subaru estaba el bolso de “herramientas” de Bernardo. Una suerte de portafolios donde el italiano siempre cargaba los elementos necesarios para la clase de viajes de cacería que emprendíamos juntos por esta parte del continente.
Una larga y llamativa tira plástica, como un acordeón, llena de tarjetas de crédito de todos los colores y todos los bancos. Una costosa cámara fotográfica Polaroid. Una pequeña “calamita” roja, (En español, un imán ). Para poder detectar la chapa de aluminio bajo el acabado esmaltado de las carrocerías. Una linterna potente. Pilas de repuesto. Un estuche con pequeñas herramientas de mano….y lo más importante, unos gruesos fajos de billetes de 100 dolares, por si levantábamos alguna “presa” imprevista que fuera imperioso “cazar” inmediatamente.

Casi a medianoche. Una noche helada de Julio, encerrados en un auto de calle entorpecido por el remolque de un segundo auto, rodando por una zona de bosque natural desierto y desconocido. Guiados por el villano “Peter Lorre” y su amigo ruso que simulaba dormir. Guiados por un camino invisible para nuestros ojos , en medio de los matorrales desiertos del Rio Uruguay , lejos de cualquier lugar poblado. Habíamos sido unos idiotas confiados y estábamos “regalados”.

-“ Bueno don , pare aquí nomás que ya llegamos”- dijo “Peter Lorre”
Afuera no se veía nada distinto de lo que habíamos visto en los últimos veinte minutos. Arboles, pasto, chilcas, un termitero de regular tamaño y unas bostas secas de vaca.
Serguey despertó o así me lo pareció a mi.
-“Che Juan”,- dijo el ruso desperezándose y con voz de “resaca” -“Andáte hasta la lancha a llamar a los muchachos que a estas horas deben estar todos durmiendo. Yo voy a desatar el cachilo y vamos a dejar a esta gente libre, para que se puedan ir”-
Bajé del auto y enseguida empecé a oír ruido de agua corriente para el lado del monte al que apuntaba el capot del Subaru.. Al parecer estábamos a metros del Río, pero mas allá de los espinillos, la paja brava y los sauces, no se veía nada. Nada de río, ni de puerto, y menos una lancha.

Minutos después regreso Juan . –“ Ya vienen….pero mirá que están todos mamados”- dijo dirigiéndose al ruso..
- “Bueno, no me importa, que estén todos en pedo, igual vamos a cargar ahora mismo este fierro en la lancha. …Y vos acompañálos y mostráles a los amigos el camino de salida para que no se vayan a tropezar con los milicos” – ordenó Serguey.

Nos despedimos del “Patrón” y con el amistoso “ Peter Lorre” como guía, volvimos a “ navegar” entre los matorrales . El viaje de regreso a la carretera fue mucho más breve que el de ida. Por lo que pude calcular, el “puerto” donde estaba amarrada la invisible lancha, distaba apenas dos o tres cuadras de la ruta.
-“ ¿ Don, me podría decir porqué no entramos por aquí a la venida , que es mucho más corto? “- le pregunté a nuestro guía.
“ Peter” me miró y me sonrió, con su mueca de villano cruel de vieja película en blanco y negro, pero no me aclaró nada.
Solo habló para desearnos -“ Que tengan buen viaje” – y se alejó caminando a pasos lentos, hasta perderse entre los matorrales y la oscuridad.

Nosotros deshicimos el camino hasta Colón y sin detenernos nos encaminamos al Puente Internacional. Según el reloj del tablero del Subaru eran las tres de la madrugada.Paramos frente a las garitas de Aduanas y Migraciones.
En las oficinas del Puente había unas pocas luces encendidas pero mirando a través de las ventanillas no se veía a nadie adentro. Sin ánimos para despertar de su justo sueño a los funcionarios que dormían, volvimos a subir al Subaru y cruzamos el puente tranquilamente.
Toda aquella complicada y costosa operación de “exportación“ con el ruso y sus socios, había sido innecesaria. Podríamos haber pasado por el puente con el Maserati de remolque …. o con cualquier otra cosa , sin que se enterara nadie.

En Paysandú toda la ciudad dormía. Recorrimos buena parte del centro, dando vueltas por las calles, buscando algún negocio abierto, ansiosos de conseguir un café caliente y unos sandwiches para calmar la “angustia” del vacío de nuestros estómagos. Los sabrosos ñoquis de la esposa de Armando, para mi a esas horas eran un recuerdo tan lejano como las glorias de Maracaná ..
Cuando ya desesperábamos y nos disponíamos a seguir el viaje a Montevideo en ayunas, en una calle cerca del puerto, avistamos las luces de un “boliche” de barrio que estaba abierto.
Adentro del boliche hacía casi más frío que en la calle. Cuatro parroquianos, con ropas de abrigo muy gastadas y pinta de jubilados pobres, estaban sentados frente a una mesa llena de vasos vacíos. El dueño o el encargado del bar acodado al mostrador Los cinco escuchaban en silencio respetuoso a uno de esos predicadores evangelistas abrasilerados, que desde el parlante de una antigua radio “ de capilla”, les prometía la salvación eterna y una rápida cura de todos sus males, a cambio de fe en dios y arrepentimiento de todos sus más oscuros pecados.
Nosotros que acabábamos de pecar tímidamente contra la Aduana, no estábamos dispuestos a arrepentirnos y lo único que le pedimos al del bar fue que nos sirviera sendos “ capuchinos “ calientes y cualquier clase de “ refuerzo” que tuviera.
- “ Pan no quedó y la máquina Express le va a demorar como una hora en calentar. Además, que leche no me trajeron por el feriado.” – dijo el Pecador a cargo del boliche.
– “ Lo único que les puedo hacer es un té… y de comer, cortarles algo de queso con dulce de membrillo”-
Yo siempre odié el te, y a las tres de la madrugada sin haber comido nada desde el almuerzo, con los pies y la nariz congelados, lo último que hubiera elegido era un Martin Fierro, frio, duro y rancio , que finalmente fue lo que el destino me puso en el estómago, como castigo por mis pecados.

EPILOGO
El ruso Serguey cumplió cabalmente con lo prometido. Dos días después de nuestro regreso a Montevideo, su hijo Andrei nos entregaba el Maserati, en el predio de una planta industrial de Av. Italia, propiedad de un amigo de Bernardo, donde hoy existe un gran supermercado. Del camión de Andrei, directo a un contenedor de los de 20 pies que ya esperaba en el terreno de la fábrica.
Un muy eficiente despachante de aduana tramitó la exportación en tres días y el Maserati que alguna vez pudo ser de Fangio, regresó a su patria de origen , a bordo de un carguero de bandera brasileña . Recuperó su motor, fue restaurado y pasó a integrar la colección de autos de carrera clásicos propiedad de un caballero inglés muy adinerado .. ..Previo depósito de una buena suma de libras en la cuenta de mi amigo Bernardo.
Nunca más lo ví a Serguey. No hubo otra oportunidad de “cruzar” cualquier cosa que no fueran armas ni drogas. Lamentablemente el Messerschmitt del que me había hablado aquel ingeniero cordobés, resultó ser un BF 163, no un Me 109 como me habían dicho. El 163 no era avión como para entusiasmar a algún coleccionista de Warbirds.
A lo largo de todos estos años Bernardo y yo hemos seguido practicando la caza de “ clásicos” con algo de suerte en la mayoría de los casos…,y con mucha suerte en algunas oportunidades.


Humberto, mayo de 2016


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